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Manolo Millares y la arpillera

Índice

Hasta mediados del siglo XX, los pintores consideraban que el lienzo era un simple soporte pasivo: una tela blanca y bien tensada sobre un bastidor de madera que servía únicamente para sostener las capas de pintura. El artista no tocaba la tela; pintaba «sobre» ella.

Sin embargo, en el grupo de artistas vinculados a Cuenca surgió una voz salvaje, dramática y telúrica que cambió las reglas del juego para siempre: Manolo Millares. Para Millares, la tela no era una superficie fría; era una piel viva que se podía golpear, rasgar, retorcer, perforar y volver a coser con cuerdas bastas. En esta sesión vas a descubrir cómo el informalismo matérico transformó la humilde tela de saco de patatas en una de las cumbres del arte universal, aprendiendo a utilizar la textura, el desgarro y la costura como poderosos vehículos de emoción y resistencia humana.

Manolo Millares trabajando en su estudio
Manolo Millares trabajando en su estudio

La herida en la tela: Manolo Millares y el desgarro de la arpillera

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1926 y fallecido prematuramente en Madrid en 1972, Manolo Millares fue uno de los miembros fundadores del histórico grupo El Paso en 1957 y un artista capital en las salas del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, donde sus obras dialogan con el paisaje rocoso de las hoces.

A mediados de la década de 1950, Millares tomó una decisión radical: abandonó el lienzo clásico de lino blanco y empezó a utilizar arpillera. La arpillera es un tejido tosco, barato y áspero fabricado con fibras naturales de yute o cáñamo, el material que se usaba tradicionalmente en los campos para fabricar sacos de patatas, café o cereales.

¿Por qué elegir un material tan pobre?

  • En primer lugar, por una memoria arqueológica íntima: Millares estaba fascinado por las momias aborígenes de los antiguos guanches de las Islas Canarias, que eran envueltas en pieles toscas cosidas con tendones secos antes de ser depositadas en cuevas volcánicas.
  • En segundo lugar, por una necesidad ética: en una España rota por las secuelas de la guerra y la represión, la belleza complaciente de un cuadro tradicional no servía para contar la verdad. Millares cogía la arpillera con sus propias manos, la desgarraba con violencia, la retorcía formando nudos en relieve y luego unía los bordes rotos con gruesas cuerdas de embalar. El cuadro dejaba de ser una ventana ilusionista para convertirse en un cuerpo herido que resiste y cicatriza.
Manolo Millares (1957) Cuadro 16
Manolo Millares (1957) Cuadro 16

Los homúnculos: El ser humano que resiste

En la producción artística de Millares destaca una serie sobrecogedora que recorrió toda su madurez: los «Homúnculos» (palabra que proviene del latín homunculus y que significa «hombrecillo» o figura humana primitiva).

Al contemplar un Homúnculo en las salas de Cuenca, no vemos el retrato detallado de una persona concreta con ojos, nariz o ropa. Vemos una presencia humana arquetípica reducida a su estructura ósea y orgánica más elemental:

  • La tela retorcida y abultada sugiere el tórax o el vientre comprimido.
  • Dos tiras desgarradas y cosidas evocan unos brazos abiertos en cruz o unas piernas que intentan levantarse del suelo.
  • En el centro, una costura basta con nudos colgantes recuerda una cicatriz quirúrgica que ha logrado cerrar un desgarro mortal.

El homúnculo de Millares es el símbolo universal del ser humano frente a la adversidad. Nos habla de la fragilidad física de nuestra carne, pero al mismo tiempo nos habla de la obstinada capacidad de supervivencia: a pesar del corte y la rotura, la cuerda y la aguja han zurcido la herida, demostrando que reconstruirse tras el dolor es el acto humano más noble y valiente.

Manolo Millares (1965 y 1957) Homúnculo [La versión de 1957 se subastó por 435.000€]
Manolo Millares (1965 y 1957) Homúnculo [La versión de 1957 se subastó por 435.000€]

La tríada de la tragedia: Tierra, negro y rojo

Al igual que su compañero Antonio Saura, Manolo Millares impuso una disciplina implacable en su uso del color. Comprendió que la saturación de tonos festivos dispersa la atención y debilita la emoción. Por ello, articuló casi toda su obra alrededor de una tríada cromática severa y simbólica:

  1. El tono crudo de la arpillera (la tierra): El color beige, arenoso y cálido del yute sin pintar es el protagonista absoluto. No es un fondo tapado por pintura; es el espacio neutro, la tierra árida de Castilla y de las islas, el cuerpo desnudo sobre el que suceden los acontecimientos.
  2. El negro carbón (la sombra y el drama): Aplicado con masas espesas, chorretones que escurren verticalmente por gravedad (dripping) o brochazos secos que manchan los nudos de la cuerda. Es el peso de la noche, la ceniza, el silencio y la fuerza trágica.
  3. El blanco de cal (el hueso y la luz): Pequeñas salpicaduras luminosas que hacen resaltar la profundidad del negro y simulan la calidez mineral de los huesos descarnados.
  4. El toque de rojo bermellón (la herida que late): Millares no abusaba del rojo; lo reservaba para momentos cruciales. Una sola pincelada de rojo vivo en mitad de una costura o una mancha carmín que resbala por un nudo actúa como un detonador visual inmediato: representa el latido del corazón, el fuego vital y la sangre viva que circula bajo la cicatriz.
Dos obras de Manolo Millares, a la izquierda "Mutilado de paz" de 1966 (subastada por 190.000). A la derecha "Antropofauna: paloma" de 1971
Dos obras de Manolo Millares, a la izquierda «Mutilado de paz» de 1966 (subastada por 190.000). A la derecha «Antropofauna: paloma» de 1971

Explorar el detalle en alta resolución: El archivo digital como lupa artística

Para un estudiante de arte contemporáneo, contemplar un cuadro matérico a través de una pequeña foto impresa en un libro de texto puede ser decepcionante: todo se ve plano y gris. Sin embargo, hoy contamos con una herramienta de investigación visual prodigiosa: los archivos digitales de museos en ultra-alta definición.

A través de las plataformas digitales de la Fundación Juan March o del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, podemos utilizar herramientas de zoom macrométrico para analizar las obras de Millares como si estuviéramos a cinco centímetros del cuadro:

  • Podemos contar los hilos de la trama de la arpillera y comprobar cómo se deshilachan en los bordes rotos.
  • Podemos observar la tensión mecánica de cada nudo de cuerda y descubrir las huellas de los dedos del artista moldeando la arpillera húmeda con escayola antes de pintarla.
  • Podemos analizar la viscosidad de la pintura negra: en unas zonas está líquida como una tinta aguada y en otras forma una costra gruesa y brillante que ha craquelado al secar.

Investigar digitalmente la materia antes de trabajar en el aula nos permite superar el miedo al lienzo en blanco: comprendemos que el arte no nace de recetas mágicas, sino de decisiones físicas muy concretas sobre hilos, nudos, presiones y densidades.

Manolo Millares, Cuadro 51 (1959) y Cuadro 111 (1960)
Manolo Millares, Cuadro 51 (1959) y Cuadro 111 (1960) | Puedes verlo a gran resolución en la Library of Congress

Deconstrucción y sutura en papel: Homenaje a Millares con materiales secos

Desarrollo técnico

Materiales:

  • Dos folios comunes de papel blanco A4.
  • Lapicero de grafito HB.
  • Lapiceros de colores (tonos tierra: ocre, marrón, siena y amarillo tostado).
  • Ceras duras escolares (negra, marrón y roja).
  • Cera blanca escolar.
  • Rotuladores escolares (negro grueso y rojo vivo).
  • Tijeras escolares.
  • Pegamento de barra.

Fase 1: Creación de la falsa arpillera mediante textura y arrugado

  1. Toma el primer folio blanco A4. Para transformar este papel de oficina liso en una materia orgánica similar a la arpillera, arrúgalo con las manos formando una bola apretada. Desdóblalo con cuidado y vuelve a arrugarlo una segunda vez para quebrar las fibras de celulosa: el papel adquirirá una textura flexible, suave y llena de pliegues tridimensionales.
  2. Alísalo sobre la mesa con la palma de la mano abierta. Con los lapiceros de colores marrón y ocre tumbados lateralmente, frota suavemente por toda la superficie: las arrugas del papel atraparán el color en las crestas, generando una textura visual moteada similar a un tejido de saco viejo.
  3. Con un lápiz de color marrón afilado, dibuja una cuadrícula de líneas cruzadas finas e irregulares a mano alzada para simular el entramado de hilos de la arpillera.

Fase 2: El desgarro central y la ventana de vacío

  1. Con las tijeras escolares (o con las yemas de tus dedos para lograr un borde más desgarrado y fibroso), realiza un corte vertical curvo de unos 12 centímetros de longitud en el centro de tu folio texturado, abriendo una hendidura irregular de un par de centímetros de ancho en su parte media.
  2. Pliega los bordes rotos hacia el exterior o hacia el interior creando solapas arrugadas que generen sombra real sobre el hueco.

Fase 3: Fabricación y entrelazado de las suturas de papel

  1. En el segundo folio blanco, dibuja con regla o a pulso tres tiras estrechas de 1 centímetro de ancho por 15 centímetros de largo.
  2. Píntalas intensamente con cera dura marrón o lapicero ocre para simular cuerdas rústicas de cáñamo. Recórtalas con las tijeras.
  3. Cruza estas tiras de papel de lado a lado sobre la hendidura abierta en tu primer folio, como si fueran grandes grapas o puntos de sutura quirúrgicos que intentan cerrar la rotura. Fija los extremos de las tiras por detrás con pegamento de barra.
  4. Con las tijeras, recorta pequeños fragmentos sobrantes de papel enrollados sobre sí mismos para simular nudos y pégalos en las uniones.

Fase 4: Intervención con la tríada dramática

  1. Con el rotulador negro grueso, aplica manchas enérgicas y manchas rasgadas alrededor de la herida abierta y sobre los extremos de las suturas, emulando la pintura negra alquitranada de Millares.
  2. Pasa la cera dura negra con fuerza sobre las zonas más rotas para crear un empaste negro mate.
  3. Aplica un único toque de rotulador rojo bermellón o cera roja en el corazón del desgarro, justo debajo de una de las ataduras de papel, para crear el foco de tensión vital.
  4. Con la cera blanca, traza líneas quebradas luminosas sobre las manchas negras para simular salpicaduras de cal, completando una composición informalista potente utilizando exclusivamente materiales secos cotidianos.

Consejos y errores habituales

  • Cortar con la tijera una línea recta perfecta como con guillotina: La arpillera de Millares nunca tiene cortes limpios de oficina; intenta desgarrar el papel con los dedos o recortar con la tijera mordisqueando los bordes para que queden flecos desiguales.
  • Saturar todo el folio de rotulador negro tapando el fondo: Si pintas toda la hoja de negro, anularás el contraste. La textura beige del papel arrugado debe dominar en al menos el 60% de la superficie para que los desgarros respiren.
  • No apretar con las ceras: Para competir con la fuerza del rotulador, las ceras duras negra y roja deben aplicarse con presión firme y saturada, cubriendo el grano del papel sin timidez.

Autoevaluación rápida

  • He quebrado la estructura lisa del folio mediante el arrugado manual generando una textura táctil flexible.
  • He simulado la trama y el color terroso de la arpillera utilizando lapiceros de colores y ceras.
  • He ejecutado un desgarro central volumétrico con solapas y bordes expresivos.
  • He construido suturas y uniones utilizando tiras de papel recortadas que cruzan la hendidura.
  • He aplicado con rigor la tríada cromática de Millares: predominio de tonos tierra, masas de negro rotundo y un acento focal de rojo vivo.

La piel cosida: Arpillera de papel kraft, costura con cáñamo y materia pictórica

Desarrollo técnico

Materiales:

  • Pliego de papel kraft de embalaje grueso de alto gramaje (120–150 g/m²) formato A4.
  • Cuerda fina de cáñamo rústico, bramante de embalar o hilo grueso de yute.
  • Aguja lanera de plástico de punta roma o punzón escolar para perforar.
  • Pintura acrílica o témpera escolar líquida densa en colores: negro carbón y rojo bermellón.
  • Pincel plano de cerda dura o paletina pequeña.
  • Tijeras escolares.
  • Mantel protector de mesa y trapo húmedo.

Fase 1: Deconstrucción y modelado del cuerpo de papel kraft

  1. Toma tu lámina de papel kraft grueso A4 (cuyo tono tostado y textura fibrosa es el sustituto contemporáneo perfecto de la arpillera).
  2. Arruga el pliego vigorosamente con ambas manos hasta formar una pelota apretada. Estíralo y vuelve a arrugarlo insistiendo en las esquinas para romper la rigidez industrial del papel.
  3. En el centro de la lámina, utiliza tus dedos para desgarrar una hendidura irregular en sentido vertical de unos 12 o 14 centímetros, pellizcando y retorciendo los bordes del papel hacia arriba para que queden rebordes abultados con volumen tridimensional.

Fase 2: Perforación y costura manual con cáñamo

  1. Coloca el papel desgarrado sobre una plancha de cartón protectora o superficie blanda.
  2. Con el punzón escolar o la punta de las tijeras, perfora una hilera de agujeros limpios a ambos lados de la rotura, separados aproximadamente 1,5 centímetros del borde del corte y distanciados entre sí dos centímetros.
  3. Enhebra unos 60 centímetros de cuerda de cáñamo en tu aguja lanera de plástico (o endurece la punta de la cuerda enrollando un trozo pequeño de cinta adhesiva transparente para que pase fácilmente por los orificios sin aguja).
  4. Cose la hendidura uniendo ambos lados del papel kraft: puedes utilizar una puntada cruzada en «X» o una costura en zigzag en espiral. Tensa la cuerda para que el papel se pliegue y se frunza, creando una auténtica cicatriz en relieve tridimensional.
  5. Remata con un nudo ciego tosco en cada extremo de la costura y deja cabos sueltos de cáñamo de varios centímetros colgando como elementos gráficos libres.

Fase 3: La intervención matérica gestual

  1. Sirve en una paleta plástica dos cucharadas de pintura acrílica o témpera densa negra y una cucharadita de rojo bermellón.
  2. Con el pincel plano de cerda dura casi seco (sin agua), carga pintura negra y ataca los bordes del desgarro: mancha las puntadas de cáñamo, frota las arrugas salientes del papel kraft y deja que la pintura penetre en los pliegues profundos.
  3. Carga el pincel con más cantidad de pintura negra líquida y deja caer dos o tres gotas en vertical sobre la costura, permitiendo que la gravedad cree pequeños regueros espontáneos que desciendan por la lámina.
  4. Toma una pequeña cantidad de pintura roja con la yema del dedo (o con la punta de un pincel fino) y aplícala directamente sobre el nudo central de la sutura, concentrando la energía dramática de la herida.

Fase 4: Secado y curvado del relieve

  1. No aplanes la lámina contra la mesa. Deja secar la pintura al aire manteniendo las dobleces y los frunces tridimensionales que ha provocado la tensión de la cuerda de cáñamo.
  2. Al secar, la pintura acrílica se endurecerá y fijará la arpillera de papel en una forma escultórica ondulada, lista para ser contemplada con luz lateral.

Consejos y errores habituales

  • Tirar de la cuerda con fuerza excesiva al coser: Si tiras con demasiada violencia, el cáñamo rasgará los orificios del papel kraft y la costura se soltará. Perfora los agujeros con suficiente margen respecto al borde y tensa con firmeza pero con suavidad.
  • Empapar el papel kraft con agua: El papel kraft aguanta bien la pintura espesa, pero si usas pintura demasiado aguada se deshará como una pasta mojada. Trabaja con pintura densa y pincel seco.
  • Pintar sobre la cuerda antes de coser: La cuerda de cáñamo debe coserse limpia en su color natural; la pintura se aplica siempre después para que manche e integre los nudos dentro del cuerpo del cuadro.

Autoevaluación rápida

  • He quebrado la rigidez del papel kraft mediante arrugado y torsión manual hasta lograr una materia flexible.
  • He ejecutado un desgarro central orgánico con bordes retorcidos y relieve físico.
  • He perforado y cosido la rotura con cuerda de cáñamo utilizando puntadas visibles que estructuran la herida.
  • He integrado la materia pictórica negra sobre las costuras respetando la respiración del papel kraft de fondo.
  • He incorporado un acento focal de rojo bermellón que activa la tensión dramática del conjunto.
  • La obra final se sostiene como una estructura tridimensional con textura táctil auténtica inspirada en Manolo Millares.